Darío Zapata

Cristo abrió la puerta de mi cárcel

Mi nombre es Darío Zapata y nací en un pueblo en la provincia de Córdoba. Quiero contar mi historia de cómo el Señor salió a mi encuentro y comenzó a sanar los efectos tóxicos del abuso sexual.

Mi familia tenía como costumbre ir a visitar unos parientes, yo tenía una edad aproximada entre 5 o 6 años, no recuerdo exactamente. En una oportunidad me invitaron a quedar en su casa de mis parientes a pasar un día, y ellos acostumbraban  dormir la siesta así que mis tíos se fueron  a su pieza y yo me fui con mi primo a la habitación de él. Y en ese momento comenzó a actuar muy extraño y se me acerco y me dijo que me quedara tranquilo porque no me iba a doler lo que me iba a hacer, que no tuviese miedo (yo confiaba mucho en mi primo mayor, él tenía unos 13 0 14 años y me sentía protegido por él) Entonces me pidió que bajara mis pantalones y en ese momento abuso de mí; después de lo sucedido me regalo caramelos y me dijo que no dijera nada de lo que había pasado.

En ese momento sentí que mi alma se partía en mil pedazos. Sostengo que “un niño herido, es un hombre muerto”, así que partir de ese momento la vida de ese niño Darío fue cambiada totalmente. Recuerdo que la primera reacción fue que me daba mucho miedo estar solo y la oscuridad me aterraba; quería que mis padres estuvieran conmigo en todo momento, necesitaba sentir que mi papa estuviera cerca, que me abrazara y sostuviera, necesitaba la seguridad de la protección de ellos.

Comencé a comportarme en forma violenta y por eso mis padres en su ignorancia me llevaron a ver a curanderos de distintos pueblos lo cual empeoro la situación. Cuando ingresé a primer grado no quería despegarme de mis padres, sentía pavor de quedarme solo (mi intimidad y mi inocencia habían  sido violadas). Mi madre se quedaba en la escuela durante la clase y cuando intentaba retirase, yo comenzaba a llorar desconsoladamente, no lograba concentrarme en clases  y tenía mucha dificultad para estudiar. En ese tiempo sentía mucha vergüenza, odio, ira, temor; era una mezcla de sentimientos, y por las noches tenía pesadillas, lo que dificultaba poder dormir tranquilamente.

Un día se juntó la familia como de costumbre y yo tuve un enfrentamiento con mi primo , nos peleamos y me  sentí muy mal porque mis padres me retaron injustamente sin saber qué era lo que había pasado en realidad;  y para mí fue muy dolorosa esa situación porque estaba muy vulnerable y me sentía incomprendido por mi familia.

De ahí en adelante, y al pasar los años crecía una gran herida en mi alma. Los efectos destructivos del abuso comenzaron a manifestarse: en la adolescencia comencé a tener actividades sexualmente aditivas que empeoraba cada vez más mi situación, ya que sentía un gran vacío en mi ser que no lograba llenar con nada; una de esas adicciones fueron la masturbación compulsiva  y la pornografía. Ya siendo mayor comencé a beber en forma desmedida y fumar sin control alguno. Y comencé a tener relaciones sexuales promiscuas, lo cual, de unas de esas relaciones nació mi primer hijo.

Siempre tratando de tapar el dolor, la vergüenza y la desesperanza. Tenía baja autoestima  y pensamientos de suicidio, me sentía incapaz de concretar cualquier  cosa y  le temía mucho al fracaso y aumentaba la inseguridad

Ya siendo un adulto tuve un encuentro muy poderoso y real con Jesús, lo que fue muy fuerte para mí. En mi vida empezó un cambio, aunque todavía había algo dentro de mí que seguía mal, y eso era que mis heridas provocadas por el abuso seguían sangrando y dolían profundamente.

Aunque yo tenía un conocimiento de Dios, en realidad no lo conocía verdaderamente. Seguía quebrado y herido, siempre tratando de aliviar mis heridas desempeñándome en tareas para otros.

Y pude descubrí realmente lo que me ponía  mal era que sentía mucha CULPA eso me hacía negar mi situación y ocultarla. Pero El me siguió una y otra vez hasta que fui capaz de alcanzar a comprender cual ancho, largo, profundo y alto era su AMOR. El comenzó a llenar mi profundo anhelo de AMOR y confirmación.

En el 2010, animado por mi pastora, asistí a unos de los retiros del Ministerio Restauración. Gracias al Espíritu Santo, pude entender que debía dejar que Dios entrara en mi herida y que a través del dolor podía SER SANADO…, que debía dejar en la Cruz mis heridas y empezar a perdonar que no fue nada fácil. Tuve que perdonar a mis padres por que en cierta forma no habían cuidado de mí; a mi primo por haber abusado de mí. Esto trajo una liberación y una sanidad muy grande para mi vida. A partir de ese momento comencé este proceso de sanidad donde descubro día a día su amor, gracia, misericordia y su paciencia para conmigo. Como digo siempre: cuando fui niño tuve una herida cortante en mi muñeca que me dieron de 7 a 6 puntos de sutura. Al verla ahora luego de tantos años solamente queda el recuerdo de lo vivido pero no tengo dolor, ¡Así hizo JESUS con mi Herida el me ¡ Sano Completamente!

Unos años más tarde, apareció una hermosa mujer en mi congregación, María Eugenia. Dios me dio la gracia para salir detrás de mi muro defensivo, y confiar en él, de que estaba en Sus planes que yo pudiera re-hacer mi vida. Si bien tenía amigos, por momentos la soledad de cautivaba. Decidí confiar en Dios y atreverme a relacionarme con una mujer de una manera madura y sana. Confieso que tenía mis temores ya que ella había estado en pareja con otro hombre por varios años en otro país, y fruto de esa relación, tenía dos hijos. Luego de un tiempo de conocernos, establecimos una relación de noviazgo y un tiempo después ¡nos casamos! Hoy estamos casados y tenemos familia hermosa.

La misericordia y la gracia de Dios no tienen límites. Juntos tuvimos un hermoso hijo: Julián. Así que Dios me ha permitido ministrar Su amor como familia a mi primer hijo, a los dos hijos que ella tuvo, y ahora a Julián ¡Cuatro varones! Luego de capacitarnos a través del Ministerio Restauración e impulsados mi nuestros pastores, decidimos iniciar el programa de restauración de “Nuevos Comienzos” en nuestra congregación, lo que ha sido de tremenda bendición para el Cuerpo de Cristo.

Cuento mi historia para animarte a que no importa cuán bajo hayas caído o cuán profundas y dolorosas sean tus heridas: Dios puede y quiere sanarte para que algún día, “podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Corintios 1:4) y para glorificar así el nombre de Dios.

Cristo abrió la puerta de mi cárcel

Mi nombre es Darío Zapata y nací en un pueblo en la provincia de Córdoba. Quiero contar mi historia de cómo el Señor salió a mi encuentro y comenzó a sanar los efectos tóxicos del abuso sexual.

Mi familia tenía como costumbre ir a visitar unos parientes, yo tenía una edad aproximada entre 5 o 6 años, no recuerdo exactamente. En una oportunidad me invitaron a quedar en su casa de mis parientes a pasar un día, y ellos acostumbraban  dormir la siesta así que mis tíos se fueron  a su pieza y yo me fui con mi primo a la habitación de él. Y en ese momento comenzó a actuar muy extraño y se me acerco y me dijo que me quedara tranquilo porque no me iba a doler lo que me iba a hacer, que no tuviese miedo (yo confiaba mucho en mi primo mayor, él tenía unos 13 0 14 años y me sentía protegido por él) Entonces me pidió que bajara mis pantalones y en ese momento abuso de mí; después de lo sucedido me regalo caramelos y me dijo que no dijera nada de lo que había pasado.

En ese momento sentí que mi alma se partía en mil pedazos. Sostengo que “un niño herido, es un hombre muerto”, así que partir de ese momento la vida de ese niño Darío fue cambiada totalmente. Recuerdo que la primera reacción fue que me daba mucho miedo estar solo y la oscuridad me aterraba; quería que mis padres estuvieran conmigo en todo momento, necesitaba sentir que mi papa estuviera cerca, que me abrazara y sostuviera, necesitaba la seguridad de la protección de ellos.

Comencé a comportarme en forma violenta y por eso mis padres en su ignorancia me llevaron a ver a curanderos de distintos pueblos lo cual empeoro la situación. Cuando ingresé a primer grado no quería despegarme de mis padres, sentía pavor de quedarme solo (mi intimidad y mi inocencia habían  sido violadas). Mi madre se quedaba en la escuela durante la clase y cuando intentaba retirase, yo comenzaba a llorar desconsoladamente, no lograba concentrarme en clases  y tenía mucha dificultad para estudiar. En ese tiempo sentía mucha vergüenza, odio, ira, temor; era una mezcla de sentimientos, y por las noches tenía pesadillas, lo que dificultaba poder dormir tranquilamente.

Un día se juntó la familia como de costumbre y yo tuve un enfrentamiento con mi primo , nos peleamos y me  sentí muy mal porque mis padres me retaron injustamente sin saber qué era lo que había pasado en realidad;  y para mí fue muy dolorosa esa situación porque estaba muy vulnerable y me sentía incomprendido por mi familia.

De ahí en adelante, y al pasar los años crecía una gran herida en mi alma. Los efectos destructivos del abuso comenzaron a manifestarse: en la adolescencia comencé a tener actividades sexualmente aditivas que empeoraba cada vez más mi situación, ya que sentía un gran vacío en mi ser que no lograba llenar con nada; una de esas adicciones fueron la masturbación compulsiva  y la pornografía. Ya siendo mayor comencé a beber en forma desmedida y fumar sin control alguno. Y comencé a tener relaciones sexuales promiscuas, lo cual, de unas de esas relaciones nació mi primer hijo.

Siempre tratando de tapar el dolor, la vergüenza y la desesperanza. Tenía baja autoestima  y pensamientos de suicidio, me sentía incapaz de concretar cualquier  cosa y  le temía mucho al fracaso y aumentaba la inseguridad

Ya siendo un adulto tuve un encuentro muy poderoso y real con Jesús, lo que fue muy fuerte para mí. En mi vida empezó un cambio, aunque todavía había algo dentro de mí que seguía mal, y eso era que mis heridas provocadas por el abuso seguían sangrando y dolían profundamente.

Aunque yo tenía un conocimiento de Dios, en realidad no lo conocía verdaderamente. Seguía quebrado y herido, siempre tratando de aliviar mis heridas desempeñándome en tareas para otros.

Y pude descubrí realmente lo que me ponía  mal era que sentía mucha CULPA eso me hacía negar mi situación y ocultarla. Pero El me siguió una y otra vez hasta que fui capaz de alcanzar a comprender cual ancho, largo, profundo y alto era su AMOR. El comenzó a llenar mi profundo anhelo de AMOR y confirmación.

En el 2010, animado por mi pastora, asistí a unos de los retiros del Ministerio Restauración. Gracias al Espíritu Santo, pude entender que debía dejar que Dios entrara en mi herida y que a través del dolor podía SER SANADO…, que debía dejar en la Cruz mis heridas y empezar a perdonar que no fue nada fácil. Tuve que perdonar a mis padres por que en cierta forma no habían cuidado de mí; a mi primo por haber abusado de mí. Esto trajo una liberación y una sanidad muy grande para mi vida. A partir de ese momento comencé este proceso de sanidad donde descubro día a día su amor, gracia, misericordia y su paciencia para conmigo. Como digo siempre: cuando fui niño tuve una herida cortante en mi muñeca que me dieron de 7 a 6 puntos de sutura. Al verla ahora luego de tantos años solamente queda el recuerdo de lo vivido pero no tengo dolor, ¡Así hizo JESUS con mi Herida el me ¡ Sano Completamente!

Unos años más tarde, apareció una hermosa mujer en mi congregación, María Eugenia. Dios me dio la gracia para salir detrás de mi muro defensivo, y confiar en él, de que estaba en Sus planes que yo pudiera re-hacer mi vida. Si bien tenía amigos, por momentos la soledad de cautivaba. Decidí confiar en Dios y atreverme a relacionarme con una mujer de una manera madura y sana. Confieso que tenía mis temores ya que ella había estado en pareja con otro hombre por varios años en otro país, y fruto de esa relación, tenía dos hijos. Luego de un tiempo de conocernos, establecimos una relación de noviazgo y un tiempo después ¡nos casamos! Hoy estamos casados y tenemos familia hermosa.

La misericordia y la gracia de Dios no tienen límites. Juntos tuvimos un hermoso hijo: Julián. Así que Dios me ha permitido ministrar Su amor como familia a mi primer hijo, a los dos hijos que ella tuvo, y ahora a Julián ¡Cuatro varones! Luego de capacitarnos a través del Ministerio Restauración e impulsados mi nuestros pastores, decidimos iniciar el programa de restauración de “Nuevos Comienzos” en nuestra congregación, lo que ha sido de tremenda bendición para el Cuerpo de Cristo.

Cuento mi historia para animarte a que no importa cuán bajo hayas caído o cuán profundas y dolorosas sean tus heridas: Dios puede y quiere sanarte para que algún día, “podamos consolar a los que están en cualquier aflicción con el consuelo con que nosotros mismos somos consolados por Dios” (2 Corintios 1:4) y para glorificar así el nombre de Dios.

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